sábado 23 de septiembre del 2017

Columnistas

Por: Alejandro Maglione

@MaglioneSibaris

miércoles 12 julio de 2017

¿Ya se dijo todo del Parque Nacional Los Alerces?

La buena nueva de la declaración de Patrimonio Natural de la Humanidad al Parque Nacional los Alerces alegra a la mitad más uno. Al buen tiempo buena cara y responsabilidad para proteger y valorar lo que tenemos al alcance de la mano. Ese es el eje sobre el que gira nuestro sibarita preferido esta semana.

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La noticia. No luce novedoso hablar de que este Parque Nacional, tan querido por los patagónicos y los chubutenses en particular, haya sido declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en la 41º sesión que se celebró en Cracovia, Polonia. Hasta ahí la bienvenida noticia.

Para Chubut es el segundo reconocimiento, porque ya había celebrado que idéntico trato se le haya dado a la Península Valdés.

Los beneficios. Lógicamente, este tipo de reconocimientos pone el lugar elegido en un mapa mundial que termina atrayendo a multitud de turistas. Es como si fueran iluminados particularmente en las guías turísticas.

Me tocó vivir la experiencia de haber visto al ex Presidente del Gobierno español, Felipe González, haberse emocionado al admirar un gigantesco alerce en el Parque Nacional Lanín. Su comentario fue: “¿te imaginas que este árbol estaba aquí cuando Cristo caminaba por la Tierra?”. Felipe estaba enterado de que la longevidad de nuestros alerces puede llegar a los 2.600 años casi naturalmente.

No pocos hemos presenciado esta admiración de los extranjeros, ya fueran turistas o científicos, cuando recorren nuestras bellezas naturales tan diversas y distribuidas en todo el territorio de nuestro país. La Europa de las guerras interminables, supo arrasar maravillas como la Selva Negra ubicada en territorio alemán, que pasada la Segunda Guerra Mundial, volvieron a replantarla para admiración de quienes pueden volver a recorrerla en el día de hoy.

Las obligaciones. Debemos tomar nota que este tipo de reconocimientos conllevan obligaciones que no siempre estamos dispuestos a cumplir.

Hace poco tiempo sufrimos el azote de injustos incendios, provocados por la mano del hombre, vaya a saber con qué intenciones enfermizas. Lo que pasó cerca de Lago Puelo generó una catarata de rumores. Unos hablaban de que los incendios tenían por objeto despejar áreas para poder utilizarlas en futuras explotaciones inmobiliarias.

Otros, los menos, dijeron que era para ocupar mano de obra en los sufridos combatientes de estas llamas imparables.

Se constató que los 26 aviones hidrantes de los que se había hablado desde la misma Casa Rosada, había sido todo una patraña más.

En una suerte de juego de “tales para cuales”, salió un ministro de la Nación hace unos meses y sentenció que los incendios son un castigo divino, por lo que a la hora de desatarse hay que encomendarse a Dios. La cita no es textual, pero el concepto se acerca mucho a lo dicho. Desde estas líneas le ruego que deje a Dios ser Dios, y no le atribuya la torpeza de su gestión a un ser divino.

Parques y política. Algunas áreas naturales protegidas hubieron de ser depredados por los “habitantes originarios”, alegando que su derecho era anterior a la ley de creación de los Parques Nacionales. Los habitantes de San Martín de los Andes vieron a los concesionarios autorizados por los “originarios” arrasar con los bosques de cipreses y otras especies que el resto de ciudadanos tienen prohibido tocar aunque hayan caído naturalmente, justo enfrente de la ciudad, en el cerro Bandurria.

Se entregaron a los “originarios” decenas de miles de hectáreas, se dice, que para captar el voto de estos ciudadanos que, en general, no se desesperan por reconocerse argentinos, como tampoco se sienten cómodos siendo llamados “chilenos” del otro lado de la cordillera.

En la provincia de Corrientes se vio el mamarracho del ciudadano Luis Delía que se había trasladado hacia una reserva natural, acompañado por otros “inquietos sociales”, y posó para las cámaras que lo acompañaban, con pinzas en mano, destruyendo los candados de una tranquera que atribuía al conservacionista Douglas Tompkins, que según Delía, conculcaba inexplicados derechos ciudadanos. El ridículo quedó expuesto cuando se supo que la tranquera en cuestión no tenía nada que ver con la reserva del señor Tompkins.

Redondeando. El mensaje es que son bienvenidas estas declaraciones, pero pongámonos la tarea de conservar la intangibilidad de estos lugares que la naturaleza nos regaló y ahora el mundo nos encarga su cuidado.

A poner manos a la obra, pero sobre todo a superar el “no te metas” cuando somos testigos, cuando no víctimas, del accionar irresponsable de los humanos. Y lo dicho: ¡bienvenido este nuevo Patrimonio de la Humanidad en nuestro suelo patagónico!

 

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