jueves 22 de junio del 2017

Proyección Internacional

Viernes 17 Junio de 2016

Cumbres esculpidas por el frío

Carlos Franz es autor de "Si te vieras con mis ojos" (Alfaguara), premio de la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. En esta oportunidad escribe sobre la Patagonia en el diario "El País" de España.

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Vientos de unos 90 kilómetros por hora empujan contra una playa de piedras los témpanos azules desprendidos del glaciar Grey. Un centenar de icebergs se revuelven, cabecean y chocan, encerrados dentro de una pequeña ensenada de este lago. Las ráfagas que vienen del noreste, desde las planicies gélidas del Campo de Hielo Sur, esculpen los témpanos a simple vista. Una fina lluvia de cristales picotea la cara del caminante. En los intervalos entre racha y racha se oye a los témpanos rozarse y fragmentarse con un campanilleo que suena a vidrios quebrándose.

Cuatro o cinco días de caminata separan al glaciar Grey de las Torres del Paine en la Patagonia chilena. El sendero que une los dos puntos, más su rama que a medio camino se interna en el macizo montañoso, se conoce por su forma como la W. Buena parte de la estrecha senda transcurre entre las paredes de los Cuernos del Paine y las aguas verdosas del lago Nordenskjold. Desde los puntos más elevados se divisan las amarillas estepas patagónicas.

A mediados de diciembre la primavera acaba de afirmarse en este lado de la Patagonia. Un pájaro carpintero negro con su despeinado penacho y la base del pico festoneada de plumas rojas agujerea un tronco muerto. Tal como otros animales de esta zona, el carpintero no huye cuando alguien se le aproxima. Se siente dueño del lugar o quizás carece de tiempo para distraerse. El invierno volverá demasiado pronto.

 

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En realidad, en estas regiones el invierno nunca se va del todo. La última glaciación, que terminó hace unos 12.000 años, continúa en los 350 kilómetros de largo del Campo de Hielo Sur, en las nieves eternas de los picachos y en los numerosos ventisqueros que se descuelgan de ellos. Una noche, el viajero se refugia de la lluvia en el interior de una frágil carpa montada dentro de un bosque de coigües magallánicos. Aterido, oye los crujidos del glaciar Francés atronando en el valle. Estos bramidos del hielo —que noche y día afirma su dominio— parecen aumentar el frío.

Para el caminante reflexivo esos rigores se convierten en una preparación espiritual. Recorrer el largo y esforzado sendero, trepar las empinadas escaleras naturales que la erosión de los glaciares labró en las rocas son ritos de paso que obligan a acercarse a estas cumbres y planicies heladas con la debida reverencia. Las piernas temblorosas y la respiración agitada anticipan la sensación de “quedarse sin aliento” que se experimenta al coronar el mirador de las Torres del Paine. Desde allí las tres cumbres agudas y veladas de niebla evocan los campanarios de una catedral antediluviana. Observadas con los prismáticos, sus paredes cortadas a pico muestran un entramado de canales y cuevas.

Sentado sobre una roca, diminuto al pie de esas misteriosas inmensidades, el caminante siente que la contemplación de las alturas abre un abismo dentro de él. Es la vieja emoción de lo sublime: un deleite angustioso que proviene de experimentar a la vez la belleza del mundo y su abrumadora indiferencia. El viento que se cuela por las narices del viajero hinchando sus pulmones y llenándolo de vida también podría despeñarlo.

 

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Vientos y hielos

La Patagonia chilena, entre los fiordos donde se derraman lentamente los glaciares azules y esas cumbres talladas por los hielos y los vientos, debe ser uno de los sitios más sobrecogedores del planeta. Ni siquiera las devastaciones provocadas por el hombre han logrado mermar su fuerza.

Tras aquella noche de lluvia y bramidos de ventisqueros que el viajero pasó acampando entre los coigües, ahora un sol radiante lo acompaña en la siguiente caminata. Dejando atrás la montaña Paine Grande la senda se adentra en unos bosques quemados. Los troncos descortezados de las lengas (hayas australes) muertas de pie brillan al sol como si fueran de aluminio. Pero más allá se abre una llanura florecida. Los incesantes vientos patagónicos llevaron hasta ahí las cenizas del gran incendio. Éstas fertilizaron una multitud de plantas ralas pero recias que ahora exhiben pequeñas flores amarillas, azules y rojas.

Agotado por la caminata, el viajero se recuesta sobre esas flores y observa la cadena montañosa coronada de hielos. A su lado corre un arroyito que desciende de esos ventisqueros. Al beber de este líquido cristalino el caminante entiende por qué llamamos dulce al agua pura.

Captura

Fuente: El País.

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