sábado 18 de noviembre del 2017

Neuquén

lunes 16 octubre de 2017

Mitos y leyendas

¿Sabías qué? El lago Lácar tiene una hija que encanta en sus orillas

Una misteriosa mujer que canta a orillas del lago, un cacique y la ambición de tenerla. La leyenda de la Coñi Laufquén contada por Elda Durán. Las maravillas del Lago Lácar envueltas en una historia con alma patagónica.

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A los oídos de Chocorí, padre del gran Shayhueque, cacique gobernador de la región de Las Manzanas, llegó una historia que iba corriendo de boca en boca, de pueblo en pueblo pero, cosa extraña, la historia se iba de cada lugar tal como había llegado, siempre la misma, sin modificaciones.

A Chocorí le informaron que en el lago Lácar, en el lugar llamado Las Bandurrias, sobre una de las rocas que bordean el espejo de agua, solía verse en las mañanas de sol a una hermosísima joven que cantaba dulcemente mientras peinaba su larga cabellera con un peine de oro.

El imponente lago Lácar

En realidad nadie sabía bien si ella cantaba o gemía porque su voz a veces parecía un llanto, a veces un lamento, otras el eco de una risa olvidada.

La Coñi Lafquén cantaba y el tiempo era un caballo manso cabalgando las aguas azules.
Decían también los informantes que nadie podía acercársele, su canto lastimero había llevado al naufragio a más de un huampo y agregaban que únicamente los raquis podían embelesarse al escucharla sin peligro de muerte.

El Cacique Chocorí

A Chocorí la historia le había entrado al principio por los oídos, y de a poco se le había ido desparramando por todo el cuerpo. Él la sentía muy cerca de su corazón algunas noches insomnes, y no tenía bien claro si quien lo desvelaba era la historia o la Coñi Lafquén, aunque también es cierto que no sólo el corazón del hombre sufría por esos arrebatos.
Cuando ya no le quedaron enseres sin abollar, ni bicho que resistiera sus tropelías, se decidió por fin a enviar (pese a las advertencias de la machi) a tres de sus guerreros más audaces. Eligió también el mejor huampo y las órdenes fueron terminantes. Pasara lo que pasase debían traerle a la bella.

—Será una más de mis mujeres— declaró —y no se demoren.
Los guerreros partieron, codiciosos, a cumplir la misión. La recompensa sería suculenta y, por el momento, no querían pensar en la posibilidad del fracaso.

Navegaron raudamente algunas horas, lago adentro, mientras la noche los amparaba. Cuando el sol tiñó de rojo el horizonte amarraron el huampo en una caverna umbría y se dispusieron a descansar, esperando el canto. Y el canto llegó con la urgencia de un llamado, sacudiéndoles la modorra y los miedos.

Cautelosamente treparon por los acantilados, protegiéndose tras las rocas para sorprender a la joven. Les sangraban los pies desnudos, heridos por las piedras filosas de la atalaya. Pero astucias y osadías fueron inútiles. La Coñi Lafquén se dio vuelta de pronto, el peine detenido en el aire. Miró a los tres guerreros acechándola y, sin que pudieran evitarlo, se lanzó de un salto a las aguas.

Lo que vieron los ojos de los tres guerreros se agregó después a la historia del comienzo, porque la Coñi Lafquén no se zambulló tras la caída, ni nadó como lo harían las sirenas. El salto fue sólo el primer impulso de un vuelo corto, con ayuda del viento patagónico. Después, sus pies se posaron suavemente sobre las aguas heladas y caminaron hasta la otra orilla, hasta el cerro que los antiguos nombraron Tren Tren.

El Cerro Tren Tren

Pero si ya los guerreros no podían creer lo que veían, aún les quedaba algo más para contar. Al llegar la Coñi Lafquén a la otra orilla, el lamento se confundió con un estruendo espantoso. La tierra tembló, el lago se agitó en un oleaje inconcebible por su altura, y la mahuida se abrió de par en par como un pórtico inmenso, dejando pasar a la hija del lago. Entonces ella se dio vuelta y, desde lejos, echó a los guerreros una mirada larga y los hechizó con su canto.

Tres días demoraron en volver, con la desolación en las almas y temerosos de las furias de Chocorí y de sus castigos.

La Machi los recibió con augurios funestos para una fecha próxima, presagios que también le tocaron a Chocorí por desafiar las leyes naturales y largarse a una empresa prohibida.

Los hechos demostraron que la predicción se cumplió, porque los guerreros murieron en la “Guerra del quiltro o de la sal” y a Chocorí lo mataron durante la campaña de Rosas en 1833. Dicen que fue el Coronel Francisco Sosa, ése que algunos apodaban Pancho el Ñato.

Ahora se habla de esta historia como de una leyenda. Lo cierto es que Chocorí existió y también los guerreros, y la guerra del quiltro o de la sal está acreditada en los archivos.

El único documento que certifica la existencia de la Coñi Lafquén es la palabra de los antiguos. Tal vez por eso haga falta ponerla sobre el papel y echarla a andar nuevos caminos.

Texto: Elda Durán

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