lunes 24 de julio del 2017

Patagonia

Domingo 4 Junio de 2017

Mitos y leyendas

¿Sabías qué? Puerto Deseado tiene un faro con historias de fantasmas

El Faro Cabo Blanco está en el límite Sur del Golfo San Jorge, a pocos kilómetros de la ciudad de Puerto Deseado. Es tal vez, el faro más aislado de la región. A sus pies un cementerio, y a su alrededor historias de fantasmas y leyendas.

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El faro se empezó a construir en 1915 y ese año se encargó a Francia su linterna inaugural. Pero el desarrollo de la Primera Guerra Mundial hizo que los envíos se retrasaran y que los síntomas de aislamiento se empezaran a notar. Puede decirse que el faro de Cabo Blanco cumple ahora cien años de soledad.

El objetivo de abastecerlo de energía solar y mantenerlo operativo durante las tormentas de viento o nieve está a cargo de dos hombres del Servicio de Hidrografía Naval, que en las tres semanas que lo cuidan protagonizan momentos singulares, entre ronquidos de lobos marinos y el vuelo de cormoranes.

Unos pocos metros de rocas lo unen al continente

El faro de Cabo Blanco está aún más solo, a dos horas de camino pantanoso de la ciudad de Puerto Deseado y aferrado al continente por un istmo de arena y piedra de 800 metros.

Dentro de la casa, hay una máquina de escribir Remington, una botella de whisky y una ventana al mar. Falta el espíritu de Hemingway para armar un relato de ficción magistral, una novela que traspase los límites de la realidad. Sobran, en cambio, narraciones increíbles sobre lo que pasa allí durante los segundos intermitentes en los que el faro descansa y manda la oscuridad.

Se dice que hay fantasmas que merodean, es especial el de un furriel, un administrativo que tuvo la Armada en la década del ‘50 y apareció agonizante junto al teclado. Su compañero en esa guardia fue a buscar ayuda y cuando volvió, ya no había nada que hacer.

Recopiladores de historias, marinos y turistas perdidos afirman que la máquina escribe sola, que en la quietud de la noche se empiezan a accionar las teclas y que el alma en pena tiene algo que transmitir.

La Remington está entera, tiene su cinta negra entintada en posición y su rodillo con marcas de las últimas letras que alguna vez fueron elegidas. Durante la estadía de los enviados de Viva, no emitió sonidos, pero sí su leyenda.

El faro tiene a sus pies un cementerio con ocho cruces sin nombre, que nadie visita ni adorna con flores. Una de las tumbas está acorralada por barrotes de acero, como si fuera la cuna de un bebé. Fuera del perímetro de piedras blancas hay una cruz más, desterrada del conjunto, al cobijo de unas rocas.

Fotos antiguas muestran que el camposanto estuvo en peores condiciones, hasta que los serenos del faro lo arreglaron, lo pintaron a y apuntalaron las maderas que recuerdan la crucifixión. Hoy, igual, una apareció tumbada.

No hay placas, ni fechas, ni fotos de los que allí descansan. Pero sí respeto, porque han ocurrido cosas extrañas. Cuentan que un pescador, atascado en el barro, subió los escalones del peñón para agradecer la ayuda de un hombre que acababa de entrar a la casa.

–¿De qué hombre habla? –le preguntó el suboficial a cargo.
–Del que acaba de entrar, el señor de bigotes, vestido de blanco –respondió.
–Es que acá no hay nadie más que yo…
Y no había nadie más. O tal vez sí.

Un hombre de bigotes cuidó del faro un siglo atrás, cuando iluminaba con mecheros, pequeña hoguera que imitaba la técnica del Faro de Alejandría. Y un hombre de bigotes suele asomarse por las ventanas, dicen los relatos, antes de esfumarse.

Fuente: Revista Viva – Clarín

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