miércoles 26 de junio del 2019

Por: Alejandro Maglione

@MaglioneSibaris

miércoles 27 diciembre de 2017

La cena de Año Nuevo: la batalla continúa

Las benditas reuniones de fin de año que giran alrededor de una mesa, la comida, los reencuentros y la clásica fábula de cada familia. Nuestro sibarita preferido tiene, con su siempre atinado punto de vista, algunas recomendaciones para construir una velada de paz, amor y satisfacción (sobre todo culinaria)

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El dilema. Siempre que se llega a este momento estamos enfrentados a la decisión de si evitar los infaustos momentos del año pasado, compartidos en las comidas familiares de fin de año, o intentar ir en son de paz a la casa de la cuñada y ver si todo ahora resulta mejor. El problema es que, generalmente, las relaciones familiares no mejoran con el tiempo como el vino, sino que evolucionan como los lácteos: tienden agriarse. Pero vamos a suponer que le damos una nueva oportunidad a la velada

Lo que no. Es llegar a la casa fijada para el multitudinario encuentro y comenzar a examinar en detalle qué y cuánto trajo cada uno de qué cosa. Siempre va a haber una rama que dijo: “yo llevo pollos…”, y aparece con un pollo solo, para una mesa de 14. Seguro que los que dijeron: “llevamos las gaseosas…”, se olvidaron un pack de los grandes en su casa. Y así sigue la lista. Quizás lo que más da bronca es que los parientes olvidadizos suelen recriminarse uno al otro por el olvido. Hasta parece una escena ensayada. Y uno, que es educadito y careteador, les dice: “bah, no importa. Vinimos a estar juntos no a comer…”.

Lo que sí. No dude en llevar un pollito extra para su punta de mesa, si ve que la cosa viene fulera; y un pack de gaseosas en el baúl de su auto no ocupa mucho lugar. Supongamos que la purretada comienza a quejarse por la escasez de la infaltable bebida en la mesa hogareña para el grupo preadolescente y adolescente, usted hace su pase de magia favorito, y la mesa se llena de gordas y poluyentes botellas repletas de líquidos azucarados.

Lo que no. No, bajo ningún aspecto se debe llegar tarde a la mesa anual que reúne a la familia con invariable espíritu de paz y amor. Porque suele pasar que al llegar con la comida avanzada, se advierte que las bandejas de vitel toné fueron rápidamente vaciadas y solo quedan rastros de la mayonesa atunada, que está a la espera de que un alma caritativa la levante de la fuente con un pancito para evitar terminar en una cañería de una pileta de lavar platos.

Lo que sí. Llegue temprano, colabore con el fuego de la parrilla de ser necesario, no se le ocurra opinar sobre la calidad de las achuras que compró el tío Alberto ni los puntos de cocción de la carne. Y de paso, vaya haciendo pico con los salamines y quesitos que suelen salir al ruedo mientras llega el resto de los condumios. Eso le asegura buenas porciones y un lugar en la mesa que le evite descubrirse sentada al lado de la tía sorda que resiste a pie juntillas colocarse un audífono “porque es cosa de viejos…”.

Lo que no. Préstele atención a la indumentaria. No es cuestión de ir de cualquier manera. Para las damas de la familia, especialmente, es una noche en la que muestran sus galas intermedias –las mejores siempre se reservan para bautismos o casamientos- y esperan que sus parientes hagan lo propio. Prohibido lucir musculosa aduciendo noche calurosa, y menos aún ¡si ésta es una ballenera! (creo que esta prenda no se fabrica más, porque la verdad es que no la veo hace mucho, por suerte).

Lo que sí. Vaya prolijito como cuando se le da por salir a la calle ganador, o ganadora. Un típico ni tan, tan, ni muy, muy. El poco se considera que para usted el momento y la compañía no valía la pena emperifollarse; y el mucho hace sentir que está como exhibiendo el ascenso y el aumento de sueldo que vino adosado, que seguramente no llegó al resto de los familiares asalariados.

Lo que no. No se haga el experto criticando la comida ni los vinos. Ni siquiera haciéndose el sutil tirando ironías tipo: “esta comida no recuerdo haberla comido, pero creo haberla pisado alguna vez…”. Lo que hay, hay. Sea que haya salido de la cocina de una de las familias presentes, sea que resulta de un paso por la rotisería más cercana.

La voluntad estuvo, de eso no debe haber dudas. Incluso, hasta por ahí puede suceder que sus parientes hayan querido mostrar las habilidades de la nena que acaba de terminar su curso de “chef”, hecho en una escuela de gastronomía ignota, que gradúa chichipíos con 6 meses de clases, todos los sábados, dos horas por la tarde. Lo malo es cuando la nena, averiguamos, que faltó el día de la materia “tarta de jamón y queso”, y los papis, creyendo que es una jugadora de toda la cocina, le encomendaron preparar una. Como sea, usted se queda calladito.

Lo que sí. Elogiar cuando los huevos duros rellenos, aderezados con salsa golf salieron bien. No es alta cocina. Ni de la mejor cocina casera. Pero seamos francos: son fáciles de preparar y nos dejan satisfechos. Como decía una tía mía: “son llenadores…”

¿Pan dulce o Panettone? Esa es la cuestión…

Lo que no. Le encargaron que se ocupe de llevar el pan dulce. Y usted, ya sea porque está muy ocupado u ocupada, se da una vuelta por el supermercado y se compra uno de esos industriales que son tan baratos. Sí, de esos que suelen venir ya medio sequitos, y con una fruta abrillantada a cada 10 centímetros cuadrados. Y las frutas no son pasas de uva sin semilla o nueces pecan, sino esos daditos verdes que nunca logré descubrir de qué estaban hechos.

Está bien, el bueno-bueno, ese que viene hecho con agua de rosas, y las frutas abrillantadas son damascos o higos, por mencionar algunos, suelen ser MUY costosos. Pero recuerde que es su familia. Qué es una vez por año. Qué es el cierre de una cena donde brilló la paz y la armonía. No sé, hay tanto para ganar con esa inversión y tanto para perder por no hacerla, que vale la pena embarcarse en un plan 3 pagos y llevar uno como la gente.

Cierre con la sabiduría del Quijote. Don Quijote era frugal, y cuando lo veía enloquecido de hambre a Sancho le aconsejaba: “Come Sancho amigo, sustenta la vida, que más que a mí te importa”. Y agregaba una máxima de gran sabiduría: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo”. Pero los consejos al fiel escudero iban más lejos y con cierto rigor: “Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”.

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