viernes 20 de julio del 2018

Columnistas

Por: Alejandro Maglione

@MaglioneSibaris

martes 10 julio de 2018

¿Dar o no dar propina? Esa es la cuestión

La propina, un tema que está en el candelero de la actualidad, sin dudas. Un poco de historia, de cruda realidad y el punto de vista inconfundible de nuestro sibarita preferido.

  • Share this on WhatsApp

Viejo tema. En los tempranos años ’50 del siglo pasado el tema de la propina se meneó y meneó fuerte. El gobierno de entonces la suprimió de cuajo, con una campaña curiosa que argumentaba: “la propina denigra al que la da y al que la recibe”.

El laudo. Entonces conoció la luz la “ley del laudo”. El laudo era un porcentaje fijo de la factura que se destinaba a los mozos. Como tantas cosas, el concepto estaba bastante bien concebido, pero presentó varios inconvenientes a la hora de su puesta en marcha.

El primero era que como los mozos no eran informados de la facturación del lugar en que trabajaban, mal podían calcular el monto que se les debía liquidar. Infelizmente, no pocos dueños de restaurantes y bares encontraban en el “descuidar” para su beneficio un ingreso más para su negocio.

Segundo, los mozos intuían que el “descuido” existía, así que apenas había un rifi-rafe los muchachos se daban por despedidos y entonces el juzgado laboral ordenaba un “punto fijo”, esto era un señor (¿por qué no se destinaban señoras a este menester?) que se instalaba al lado de la caja y controlaba el monto de cada factura. La pesadilla duraba unos 30 días, oportunidad en que no era raro que los clientes reconocidos por sus altos consumos eran contactados para que no fueran durante esos días nefastos y así la facturación resultara lo más magra posible. Hacer justicia con un empleado significaba despabilar a los otros sobre los verdaderos montos de facturación.

Tercero, los propios mozos y empleados advertían que la distribución igualitaria era injusta, partiendo del concepto de que “la propina hay que ganársela”. El laudo desapareció sin que nadie lo lamentara.
Incluido y no incluido. Así advierten en los menús del Brasil, por ejemplo, acerca de si la propina está o no en la factura. Se llama “servicio” y es normal que los clientes locales pidan precisiones a la hora de pagar sobre si este concepto forma parte o no de la factura.

En otros lados. Hay hábitos para todos los gustos. Hay países donde la propina es mal vista y es el propio mozo el que advierte que no hay que dejarla. En otros como los Estados Unidos suele estar incluido en la factura y donde no lo está, por ejemplo los taxis, se estila dejar un 10% sobre lo que marca el reloj. Son numerosas las anécdotas de viajeros primerizos que cuentan haber sido relativamente maltratados por pagar con el cambio justo. Estos amigos seguramente ignoran que en USA los tacheros pagan impuestos sobre las propinas.

Francia es otro ejemplo donde la propina es un derecho no escrito. Los franceses se suelen malhumorar fuertemente si alguien se hace el disimulado con la propina.

En Uruguay, según me explicó añejo dueño de restaurante, “los mozos son muy propineros”. Pedí ampliación del concepto y me dijo que esto hacía que el servicio fuera demasiado desparejo porque la atención estaba sujeta a la cantidad de propina que estilara dejar el cliente habitual.

Una verdad. Una información reciente blanqueó que en la ciudad de Mendoza la propina significa entre un 20 y 40% de los ingresos de un mozo. Esto se podría extrapolar al resto del país. Sea correcto o no, los propietarios de bares o restaurantes dan por incluido el ingreso de las propinas y justifican sueldos austeros en que de esta manera se estimula a que el mozo se gane la propina poniendo más empeño en su tarea.

El cubierto. Esta modalidad de ingreso había sido abolida allá por los ’70 del siglo XX. Una resolución de validez nacional de la Secretaría de Comercio, estableció que todos los costos de un plato debían estar en el precio que se mostraba en el menú. Es irritante haber comido en un lugar por $400 por persona y de golpe y porrazo aparecen de la nada $100 o más en concepto de cubierto.

El concepto suele desalentar a los clientes y en el monto de facturación total no pocas veces es un monto insignificante, por lo cual se irrita al cliente por poca plata. Pero hay quienes tienen esa costumbre arraigada del cobrar por cualquier concepto posible fuera del plato de comida específicamente. El caso del vino es singular: “yo siempre multiplico por 2 o por 3 el precio que me pone la bodega…”. ¿Qué de esta forma vendo menos vino? No importa, 300% en el precio de algo cubre muchas deficiencias de cálculo, como lo hace la generosa agua mineral que suele tener recargos del 500%.

El gobierno de la CABA tuvo una idea genial: dispuso que se puede cobrar cubierto siempre y cuando se incluya una panera con productos para celíacos y una jarra de agua de la canilla. En España son algo más prácticos, se cobra la panera, por lo que, si uno no la desea, se lo avisa al mozo y no se le cobra.

Porque, seamos sinceros, panera con productos para celíacos, que yo sepa no la he visto ninguna. Lo que no quiere decir que no existan, digo que no las he visto.

Redondeando. La propina debería ser “a voluntad” y en relación directa con la calidad de servicio que hemos recibido. Los tiempos son duros para todos por lo que desde el Congreso de la Nación se nos exhorte a dejar propina es como suponer que no se está dejando, cosa que no me consta. De todas formas, si no puedo dejar una buena propina, pero igual salgo a comer afuera, el mozo tiene que entender el viejo concepto empresarial: “el que paga los sueldos es el cliente que consume, no el patrón que nos emplea…”, a partir de lo cual hay que valorar a los corajudos que seguimos saliendo a comer afuera de nuestras casas.

Comentarios

LO ULTIMO DE NUESTROS COLUMNISTAS

Simple Share Buttons