domingo 24 de marzo del 2019

jueves 7 septiembre de 2017

Los hombres de ciencia también descubren cosas ricas

El Doctor Luis Federico Leloir recibió un Premio Nobel en la década del 70. Indeclinable trabajador de la ciencia, sus descubrimientos fueron clave para abordar el tratamiento de la diabetes, entre otras enfermedades. Homenajeado en el mundo entero, un reconocido aderezo lleva su firma.

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El día 6 de setiembre la comunidad científica recuerda el nacimiento del Dr. Luis Federico Leloir, quien le dio un Premio Nobel a nuestro país, por un estudio en el área de la bioquímica. Creo que todos saben de qué hablo.
Como homenaje a quien considero un ejemplo, voy a divulgar algunos detalles curiosos de su vida, sobretodo una simpática nota de color.

Leloir y la química de los organismos vivos – la bioquímica- nacieron juntos. Leloir en París, en 1906, a pocas cuadras del Arco del Triunfo en una vieja casona en la que una semana antes había fallecido su padre, después de una operación a la que tuvo que someterse en aquella ciudad, por eso su madre tuvo que viajar con su avanzado estado de embarazo. Y la bioquímica – que como disciplina había dado algunos pasos anteriores- puede decirse que se desarrolló también en esa época, con ciertos descubrimientos a manos de científicos ingleses.

Luis Federico Leloir

Ni bien se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires, ingresó al laboratorio del Dr. Bernardo Houssay para iniciarse como investigador en fisiología. Su maestro lo impulsó a continuar en el extranjero; para ese entonces Cambridge estaba en su gloria, así que se esforzó por ingresar en esa Universidad. Allí estuvo un año, aprobó su tesis doctoral y volvió a la UBA en donde aplicó sus estudios en nuevas investigaciones.

Con un equipo de elevada calidad humana pasaba sus días contento con los avances, entonces decía “¿Ven? Nada resiste a la investigación sistemática”. Pero también tenía días de desilusión y desaliento en los que paradójicamente sus mentores le decían “¿Ves? Nadie resiste a la investigación sistemática”

En una época desafortunada en la que los científicos argentinos fueron cesanteados de sus puestos de investigación estatales, o se vieron forzados a renunciar, tuvo que decidir en dónde continuaría sus trabajos. Para su alegría, algo feliz atenuó su pena, ya que contrajo matrimonio y junto a su flamante esposa decidieron viajar a los EEUU para incorporarse a un laboratorio en New York.

De vuelta en Argentina siguió su actividad en el sótano de la Facultad de Medicina de la UBA, en lo que fue el inicio de la Fundación Campomar, de donde fueron desalojados nuevamente reconstruyéndose luego en un Instituto privado en el que sólo tenían un espacio, una heladera y unas pocas pipetas. Por suerte recibían una donación del empresario textil que organizó esa Fundación, con la cual pudieron equipar el nuevo laboratorio y pagar algunos salarios.

Con la muerte de este benefactor quedaron sin recursos pero aún soportando críticas, lograron un subsidio de una empresa del extranjero, para poder quedarse en Argentina. La colaboración de nuestro Estado llegó después cuando se creó el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas).

Un dibujo hecho por el propio Leloir en su laboratorio

Ya corría la época en la que había logrado avanzar bastante con sus investigaciones sobre el tema que luego le redundaría en el Premio Nobel, el cual recibió en Suecia en 1970. Aquel día del premio, Leloir estuvo contento al principio y luego muy asustado, mientras la mayoría de los científicos conocía a la Fundación como “el santuario de Leloir”.

No se interesó demasiado en saber porqué se inclinó a la investigación ya que en su familia había predilección por las actividades rurales. Sin embargo se la atribuyó a un conjunto de genes que le dieron habilidades negativas y otras no tanto; él mismo manifestó que no contó con buen oído musical, que era mediocre en los deportes, que no era buen orador y que ni siquiera se consideró buen médico. Pero contó con gran curiosidad por entender los fenómenos naturales, capacidad de trabajo normal, una inteligencia corriente y una excelente capacidad para trabajar en equipo.

La nota de color en la vida de Leloir viene por su gusto por los langostinos (en Chubut podría haberlos disfrutado sin demasiado requerimiento). Tenía 14 años cuando un día en que almorzaba en el comedor del Golf Club en Buenos Aires, le pidió al mozo que le trajera todos los condimentos disponibles para mezclar y formar una salsa que acompañara a los mariscos.

Practicó distintas combinaciones y en diferentes proporciones, hasta que hubo una que a sus amigos les gustó más. Era ketchup con mayonesa, unas gotas de salsa Tabasco y coñac. Los amigos presentes, en homenaje al sitio donde fue inventada la preparación, la bautizaron como salsa Golf y así quedó reconocida.

Leloir falleció en 1987 habiendo realizado una ardua labor tan silenciosa como productiva, dejando las puertas abiertas con su descubrimiento, a nuevos investigadores que avanzaron de forma magnífica sobre el tratamiento de la diabetes.

Orgullosamente cuento que en Trelew hay una escuela muy importante y tradicional -el reconocido Comercial 1- que eligió hace ya algunos años, el nombre Dr. Luis Federico Leloir, en un proceso ejemplar que formó parte de un proyecto entre docentes y estudiantes “fans”- como diríamos ahora- de este gran científico.

Su frase inolvidable para cerrar la columna: “No existen problemas agotados, sólo hay hombres agotados por los problemas”.

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