sábado 16 de febrero del 2019

jueves 19 octubre de 2017

¿Somos conscientes de la importancia de la seguridad alimentaria?

En octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación. Una realidad controvertida que va de la desnutrición al sobrepeso. Se ponen en jaque los recursos naturales y humanos para solucionar esta dualidad que sin dudas, marca el futuro de la humanidad toda. ¿Qué pasa con los transgénicos? Una discusión sobre la que nuestra divulgadora científica tiene mucho para decir.

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La alimentación es un derecho humano básico. Sin embargo aunque parezca obvio, no toda la población humana goza de este derecho. El hambre mata cada año más personas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos. Las muertes infantiles muchas veces están relacionadas con la desnutrición. Y contrastando, más de un cuarto de la población mundial, tiene sobrepeso. Y como si fuera poco lo dicho, se producen muchos alimentos que se pierden o desperdician.

Para promover la concientización sobre esos aspectos, fortalecer acciones a escala mundial y destacar la necesidad de garantizar la seguridad alimentaria y dietas nutritivas para todos, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura -FAO- celebra el Día Mundial de la Alimentación el 16 de octubre de cada año, ¿nos sumamos?

Promueven la alimentación saludable y sustentable

El concepto de seguridad alimentaria se refiere a que todas las personas tengan acceso físico, social y económico permanente a alimentos seguros, nutritivos y en cantidad suficiente para satisfacer sus requerimientos nutricionales y preferencias alimentarias, y así poder llevar una vida activa y saludable.

En virtud de estas apreciaciones me voy a detener en el fenómeno de los alimentos transgénicos, que generan dilemas principalmente con relación a la alimentación: ¿comer o no comer alimentos transgénicos? ¿Sirven o no para aplacar el hambre mundial? ¿Nuestro país o nuestra región patagónica tienen algo que ver con ésto?

Es necesario explicar que un “alimento transgénico” deriva de un organismo genéticamente modificado (OGM), que es una planta, un animal, un hongo o una bacteria a la que se le ha agregado por ingeniería genética uno o algunos genes, con el fin de mejorar ciertos rasgos, como la resistencia a plagas, calidad nutricional, tolerancia a heladas, etc.

Los genes representan material celular que trasmite las características hereditarias en un ser vivo. Y la ingeniería genética es una especialidad que permite desarrollar metodologías para transferir genes de un organismo a otro.

Con estos métodos se han logrado vacunas, fármacos, compuestos para la industria alimenticia, etc.

En nuestro país desde 1996 el Ministerio de Agroindustria autorizó este tipo de cultivos, y el primero fue la soja, un cereal oleaginoso que se siembra en forma sostenida en el Centro y Norte argentino, y que desde 2012 también está en Río Negro y Neuquén.

La modificación genética que se le introdujo es la tolerancia al glifosato, un compuesto herbicida que se usa para controlar las malezas que compiten con los cultivos por la luz, el agua y los nutrientes. Dicho de otro modo, los agricultores dispersan herbicidas para desaparecer malezas y asegurar el crecimiento libre del cultivo, resistente al agroquímico exterminador.

¿Más herbicida para lograr más soja? O ¿menos tóxico y menos cereal? Siguen los dilemas. Pareciera ser que nuestras tierras se están volviendo “adictas” y año tras año hace falta más y más herbicida. ¿Cuál será el límite que podrán poner las poblaciones cercanas que toleran sus efectos?

La soja transgénica producida por algunas empresas elaboradoras de semillas, crece con mucha facilidad motivo por el cual se ha transformado en monocultivo de gran rendimiento económico. China es el país que más compra anualmente grandes toneladas de soja en un intercambio comercial de envergadura, desde hace ya varios años, porque es vital para la alimentación de sus cerdos y pollos de los cuales obtienen carne para su población.

Aparece otro dilema: ¿Se justifican las modificaciones genéticas a productos naturales con el propósito de obtener mayor rendimiento económico?

Ningún otro sector es más sensible al cambio climático que la agricultura, pero sigue la disyuntiva: ¿podrán las comunidades rurales superar el advenimiento de ese cambio para garantizar cultivos para sus habitantes y para los que adquieren sus productos? Desde otro punto de vista, la producción de semillas genéticamente modificadas permite que empresas brinden trabajo a sus operarios, pero ¿qué pasará si la tierra se sigue degradando por la siembra sistemática de un solo cultivo?

Las autoridades en esta materia explican que son alimentos seguros para el consumo humano y animal, que cumplen con las normas establecidas en Argentina y por las autoridades correspondientes en los países donde están aprobados para su adquisición, aunque desde la ecoagricultura ponen atención en el análisis de toxicidad, alergenicidad y aptitud nutricional, entre otros aspectos.

Los conceptos están vertidos y los dilemas están planteados. Anthelme Brillat-Savarin, jurista, político y gastrónomo francés, conocido por sus frases reflexivas sobre la alimentación, dijo “Dime lo que comes y te diré quién eres”

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