miércoles 23 de enero del 2019

Por: Alejandro Maglione

@MaglioneSibaris

jueves 19 abril de 2018

Los jóvenes y el vino: volviendo a lo simple

La notable caída del consumo de vino en Argentina tiene múltiples factores. Los precios, el boom de la cerveza, el consumo que apunta a un reducido grupo de especialistas y otros detalles lo alejaron de las mesas diarias de los argentinos. Pero como siempre, nuestro sibarita pone las cartas sobre la mesa, y propone alternativas sin dejar de enseñarnos sobre la historia de "la bebida nacional."

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El asunto. Resulta que las estadísticas sobre consumo de vino indican que en 1980 los argentinos consumíamos unos 90 litros per cápita por año. Desde el año 2000 la baja de consumo se ha ido reduciendo de manera dramática, ubicándose en la actualidad en unos 20 litros per cápita, con tendencia a la baja.

La industria del vino. En general ha sido de tener reacciones más bien lentas, y este problema no ha sido la excepción. Algunos hace más de 10 años veníamos llamando la atención acerca de que los precios de los vinos venían subiendo peligrosamente. La respuesta fue: “estamos cambiando calidad por cantidad” y ¡vaya si les ha ido “bien” en esto de la cantidad!

No pareció advertir que el vino se estaba comunicando solamente para un reducido grupo de conocedores y no para el consumidor promedio.

Tampoco reaccionó al fenómeno del incremento exponencial de consumo de cerveza. Una cuestión que sorprendió a países como Francia o España, que también vieron disminuir su consumo de vino de manera preocupante.

La cerveza. ¿Qué es lo que más atrae de la cerveza a los jóvenes? Su precio y su bajo grado alcohólico. Es inevitable que un joven de 20 años esté atento al precio de lo que bebe. Y el grado alcohólico del vino, en mis años jóvenes, se solucionaba con un poco de hielo y de tanto en tanto, un buen sifonazo.

Devuelvan el sifón. Luego aparecieron los comunicadores sofisticados del vino. La muchachada que se incorporaba a esa nueva raza denominada “sommeliers”, que pasaron a luchar por un protagonismo que los llevó al uso de una terminología que ayudó a que la gente se alejara del vino. No fueron los responsables, pero sin duda colaboraron con eficiencia.

Unas damas sommeliers con las que compartí una mesa en una presentación de un nuevo vino, se enojaron con esta forma de reflexionar de mi parte. En eso estábamos, cuando el que presentaba el vino dijo: “habrán apreciado que este vino tiene una nariz poética”. Punto final.

En los años ’80 en las mesas de los restaurantes medios era normal ver el sifón sobre la mesa. El sifón era el que permitía beber vino al almuerzo sin la preocupación de volver al trabajo con la “cabeza pesada”. El hielo en verano también hacía su parte y por lo tanto se consumía más vino.

Aquellas sangrías. Las memorias de juventud me recuerdan que en el verano era habitual tomar un clericot hecho con vino blanco en la vereda con amigos. La playa prácticamente era un lugar obligado. Basta con preguntarle a un marplatense de más de 50 años y dará testimonio de este comentario.

La sangría es otra preparación en el que juega un papel fundamental el vino tinto. Se dejaba la fruta en la inmensa jarra y se agregaba vino y hielo a medida que se iba consumiendo. La pelea final por la fruta, protagonizada por parientes o amigos algo picados, tenía pasos de comedia.

La comunicación. Es interesante que se esté produciendo un llamado general de los bodegueros a comunicar el vino con términos sencillos. No obstante, el fin de semana pasado leí que un respetable periodista y enólogo comentando un Sauvignon Blanc, en lugar del desagradable descriptivo que se usa más frecuentemente –pis de gato- puso “thioles”. ¿Leyó bien? ¡Thioles! ¿Se imaginan a alguien hablando de los thioles de la cerveza (suponiendo que los tuviera)?

Como sea, los bodegueros se “avivaron” que no va más el rebuscamiento. Los sommeliers, que además hacen de periodistas (no me agradan los periodistas-sommeliers que hacen cartas de vino para algunos restaurantes que les pagan por ello, por lo que tampoco me agradan los que van por el camino inverso; zapatero a tus zapatos).

Los precios. También está entrando en la industria la idea de que la gente se va a aproximar al vino si no le rompen el bolsillo. Como decía antes, la gente joven comienza su relación con el vino si no hace falta bolsillo de payaso para transitar el camino de los buenos caldos. El tiempo y el hábito harán que la calidad de vino que consuman siga creciendo.

Aquí tiene que haber un sinceramiento entre todos los jugadores. Hoy en día el juego es echarle la culpa al otro. Que los costos de la intermediación. Que los impuestos nacionales, provinciales o municipales. Que el costo de las botellas, etiquetas y corchos. Es un círculo vicioso en el que cada uno señala al de al lado. Obviamente, de esa forma no se sale.

Además, quedan canales de venta del vino que los amigos de la industria están todavía pensando en explorar. Ojalá se animen.

Conclusión. Benjamin Franklin solía decir que la de la experiencia es siempre la escuela más cara y la pérdida de mercado ha sido el precio. Ojalá que la tendencia se siga revirtiendo y la “bebida nacional” –como declaró una ley al vino- pase a ser una realidad y no una declaración. Mientras tanto, termino la nota y me voy a preparar una sangría…¡me dieron unas ganas!

 

Parroquiales. Cuando se junta los amigos de la Editorial Catapulta y Bodega Catena-Zapata, lo que resulta siempre es algo extraordinario. Catapulta está cargando su artillería para jugar fuerte en el rubro enogastronomía. En este caso es el libro artístico VIÑEDO ÚNICO con obras del pintor Ariel Mlynarzewiczy, inspirado en el viñedo Adrianna de altura, de donde surge un grand cru de la Bodega Catena. Es el tipo de libro que es agradable tenerlo a la mano para poder solazarse de tanto en tanto con las estupendas fotografías de la obra del artista. También es bueno que una bodega se interese por estas iniciativas.

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