miércoles 23 de enero del 2019

Por: Alejandro Maglione

@MaglioneSibaris

miércoles 18 julio de 2018

¿Qué hacer después de una temporada “floja”?

Primero y principal, evitar "desplumar" al turista. Las crisis afectan al sector turístico, pero eso no significa que la salvación esté en el bolsillo del viajero que llega a cada destino. El reconocido "de boca en boca" sigue marcando la diferencia. Y de eso, nuestro sibarita sabe.

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Un tema interminable. Desde hace unos 60 años estoy en contacto con el turismo patagónico, entre otras cosas por el amor que sentía mi padre por la Patagonia en sí, y por el esquí en particular, lo que me llevó a conocer a aquel Bariloche que era una auténtica Villa, donde todo el mundo se conocía entre sí y las pistas las pisaban los soldados de los escuadrones de montaña.

En su hora conocí un San Martín de los Andes que tenía 12.000 habitantes. Las circunstancias me hicieron tomar contacto con empresarios del turismo de entonces, escuchando reflexiones que conservan increíble actualidad.

La Hoya a 13 kilómetros de Esquel, Chubut

Y así los ejemplos se fueron multiplicando, ya que de la mano del esquí llegué a La Hoya en Esquel y hasta la mismísima Ushuaia en el tiempo que los lugareños no se alegraban como hoy con la llegada de la nieve.

Obviamente en ese recorrido no faltó Puerto Madryn, en los años sin aeropuerto y con la Hermandad del Escrófalo como uno de los sitios gastronómicos más interesantes.

El turismo de entonces. Estos recorridos mostraban muchos puntos en común. Primero, había una tendencia a considerar temporada un par de meses al año, que con sus vaivenes permitían vivir el resto del tiempo sin demasiado esfuerzo y, de tanto en tanto, maldiciendo la mala fortuna de no haber facturado lo suficiente.

Segundo, todos los costos se hacían mirando las necesidades económicas del empresario. Es decir, se reflexionaba “preciso tanto por mes, facturo tanto”. Un día, un sanmartinense me explicó: “las tarifas de las hosterías las fijamos en una reunión en el café, donde simplemente acordamos lo que vamos a cobrar por las habitaciones”. La respuesta a la pregunta de cómo hacían el cálculo fue: “bueno, es en función de lo que precisamos para tirar hasta la próxima temporada”.

Tercero, no se sentía la necesidad de observar la competencia; preocuparse por el buen servicio; de moverse con el concepto de que al turista hay que sacarle todo el dinero que se pueda. No había entrado la idea de que había que ofrecer más servicios que el mero admirar los maravillosos paisajes; las visitas de las ballenas, etc., a la que los empresarios no habían necesitado aportar nada para que fueran como eran y son.

Ushuaia, capital de Tierra del Fuego

Algo cambió. Comenzaron a ofrecerse nuevos servicios. Se mejoraron muchísimas cosas en las pistas de esquí. Surgió la temporada de verano que por entonces existía en Ushuaia (para la que los meses de verano eran su única temporada). Se agregaron aeropuertos y se mejoraron los existentes. Se mejoraron las rutas. Aparecieron festivales gastronómicos de variada calidad. En fin, se tomó conciencia de que cliente es el que vuelve, no el que viene una sola vez.

Qué sería lo que falta. A veces tengo la impresión de que en general, en el turismo de todo el país en este caso, pareciera que sigue faltando el concepto de un buen manejo de costos, que lleve a una buena oferta de precios para competir con la región y el mundo.

Puede ser que todavía impere el “¿qué te puedo cobrar?”, como si estuviéramos en el taller mecánico, donde el mecánico relojea al cliente con disimulo para ver que le va a cobrar, mientras el cliente transpira esperando la peor de las noticias. Al taller, aconsejo, hay que ir sin relojes Rolex, ni zapatos o zapatillas nuevas y de marca, qué se yo, hay que ir medio como dando lástima para zafar de esa voracidad presupuestaria de “bigote y techo” (cuando era chico, veía al mecánico de mi padre que se mecía el bigote, mientras miraba hacia el techo buscando la inspiración para fijar un número que pudiera ser tolerado por el cliente).

Al cliente hay que cuidarlo y estimular para que vuelva, para que sea cliente y no ave de paso. Tiene que existir la práctica de acordar la mínima calidad de servicios en toda la zona. Un cliente mal atendido habla mal de la localidad, no de tal hotel o tal restaurante: la comunidad es responsable de la correcta hospitalidad promedio que se debe brindar. La mejor calidad de servicio, con la mejor calidad de productos, es una buena práctica.

Y sobre todo, no restregarse las manos después de un verano más bien flojón, diciendo “devaluaron el dólar 60%, ahora nos toca facturar a nosotros…” y comenzar a retocar precios y tarifas sin ton ni son.

Sé por qué se lo digo, veo muchas manos restregándose, imaginando que la recaudación permitirá repetir las visitas a Europa en temporada alta por un prolongado espacio de tiempo. (A veces me pregunto por qué será que el empresario turístico suele vacacionar fuera del país. Una suerte de “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.”

Conclusión. Si la temporada de verano fue floja y las condiciones para recibir turistas mejoraron, no intentemos rehacernos en un par de semanas y meses lo que no pudimos hacer en los anteriores. Que los extranjeros, los principales vendedores de destinos con su promoción boca a boca, vuelvan a sus países a convocar a que sus amigos y conocidos vengan a nuestro país. Todos sabemos de qué estamos hablando, a no hacerse los distraídos y ¡buena temporada para todos!

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