domingo 24 de octubre del 2021

Cultura

miércoles 19 junio de 2019

El día que el pan simbolizó todo el cariño del pueblo a los combatientes de Malvinas

Se cumplen 37 años del día que Puerto Madryn se quedó sin pan en el recibimiento a los soldados que volvían de la guerra. Más de 250 veteranos participaron del descubrimiento de un mural. “Madryn nos demostró que el pueblo estaba con nosotros”.  

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Alrededor de 280 veteranos de la Guerra de Malvinas de todo el país, llegaron a Puerto Madryn para recordar su regreso de las islas, a bordo de buques ingleses al Muelle Storni.

El mural se titula “El regreso”. La pared de treinta metros de ancho por cuatro de alto manifiesta la vivencia de la ciudad aquel 19 de junio de 1982 cuando recibió a más de cuatro mil soldados.

En el homenaje a los combatientes que desembarcaron están también los que quedaron el Islas. Se trata de una  obra de “Ciencia al Viento”, un proyecto de un instituto del CONICET sobre la vera de la Ruta 1 en el muelle Storni.

Treinta y siete años después el descubrimiento de la pintura, la interacción entre 300 soldados argentinos y sus familias o sus compañeros de regimiento con el pueblo que los recibió tras el final de la guerra de Malvinas. “El regreso” simboliza la literalidad del desembarco y su consecuencia antropológica y cultural. No pasó lo mismo en Punta Quilla, en Comodoro Rivadavia o en Uruguay. En Puerto Madryn había expectativa y ansiedad. La ciudad minada de militares confirmó las sospechas. El pueblo se preparó para dar la bienvenida. Había banderas argentinas, reposeras, canastas, termos, mates y facturas: todos esperaban la llegada de un transatlántico inglés que devolvía a compatriotas agotados del combate, la turba y el frío.

Más cerca de los soldados

Era la recepción de un pueblo que había experimentado la guerra con otra percepción e intimidad. “Nosotros en la Patagonia estábamos más cerca de nuestros soldados. En la escuela nos enseñaron a meternos debajo de los bancos en caso de un bombardeo. Como si la madera de los pupitres pudiera hacer algo contra las bombas. Pero me doy cuenta de que era una forma de estar organizados, de participar de la guerra. Había que hacerle caso a la gente de Defensa Civil. Teníamos sitios asignados a los que había que ir si la ciudad era atacada. Y también nos enseñaron a colaborar en los oscurecimientos: tapar con una frazada las ventanas de la casa… Para mí todo era como una aventura”, relató Federico Lorenz, historiador, escritor, y ex director del Museo Malvinas, en su conmovedor cuento “El día en que Madryn se quedó sin pan”.

El sábado 19 de junio de 1982 fue el día del regreso: el día en que una ciudad se rindió a las urgencias de sus héroes. “La gente nos recibió como si hubiésemos ganado. Se acercaban, nos daban comida, pan, nos tiraban chocolates a los camiones. Paramos en un club, nos daban sandwiches y mate cocido. Venían a vernos todos, nos pedían algo, un recuerdo, lo que fuere: yo entregué el sombrero y un rosario a una familia que me había invitado a su casa. No sé quiénes eran, vivían en la esquina del club”, narró Luis Daniel Bigot, soldado del Regimiento 7, oriundo de La Plata. Contó que buscó a la familia que lo hospedó unas horas y no pudo encontrarlos. Sólo quería agradecerles el gesto.

Hubo mucho maltrato

Eduardo Gallardo y Julio Cesar Pauletti, dos ex combatientes recordaron sus vivencias. Lo que algunos militares querían “era tapar muchas cosas”, dijeron en relación a que les decían que los argentinos tenían bronca porque habían perdido la guerra. “Nos decían esas cosas pero en Puerto Madryn nos dimos cuenta que el pueblo estaba con nosotros”.

“Allá hubo mucho maltrato militar, compañeros estaquedos. Te puedo dar los nombres, están todos denunciados: subteniente Flores, cabo primero Cansino, cabo Arce, sargento Gonzalez”, coincidieron.

Las torturas no se podían entender, no había un por qué. Yo maté vacas pero era por la necesidad y el hambre y se mataba ovejas”, dijo Gallardo y agregó que “estábamos en primera línea contra el mar, a cuatro kilómetros de Puerto Argentino, éramos primera línea”.

A 400 o 500 metros más atrás estaba la segunda línea y así hasta el pueblo que quedaba a un kilómetro y medio. “Los camiones repartían la comida pero cuando había alerta roja no salían. No llegaba la comida, por días no comíamos algo caliente”.  

Los ñoquis de la mamá en la guerra

Pauletti estaba de baja cuando empezó el conflicto. “Cuando toman Malvinas dije en cualquier momento me llaman. Yo andaba por Lujan, un 9 de abril, viernes santo. Vuelvo a mi casa a la nochecita y me dice mi mamá: te vinieron a buscar del ejército para que te presentes. Estaba con la que hoy es mi esposa que llevamos 3treinta y seis años de casados”.

“La acompaño a mi novia hasta la casa y mi suegra me dice estuvieron acá también. Digo bueno pronto nos vemos. Volví a casa, me pegué una ducha y habré salido como a las diez de la noche”, contó.

Sin embargo, hubo algo que lo acompañó durante todos esos día: “Lo que me quedó grabado en Malvinas y recordaba todo el tiempo es que la vieja me dice no querés comer un plato de ñoquis antes de irte y le dije no, en una semana estoy de vuelta. Sabía que iba a ser más largo”.

 

 

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