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martes 6 agosto de 2019

El kayakista de Esquel y su aventura en Alaska

Martín Capllonch emprende el segundo capítulo de un viaje épico.

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Martín Capllonch, empresario turístico y deportista de Esquel, está en Anchorage, la ciudad más grande de Alaska, preparando su segunda aventura en solitario a bordo de un kayak con el que planea recorrer 600 km uniendo por el mar las ciudades de Whittier y Homer.

Martín es guía de kayak de travesía del Parque Nacional Los Alerces e instructor de la American Canoe association. En esta exigente travesía, remará días sin tener contacto humano, surcando un camino paradisíaco, rodeado de glaciares gigantes que caen al mar, ballenas, orcas, y también osos. Una experiencia que lo completa en lo profesional, en lo deportivo, en lo cultural y de algún modo en lo espiritual. “Cada viaje te hace mejor kayakista, mejor guía y mejor persona”, sintetiza Martín.

EQSnotas te cuenta la previa de este viaje de aventura que él se niega a llamar “de supervivencia” mientras nos relata cómo resultó la primera experiencia en Groenlandia.

EQS—¿Por qué estos destinos?   

M.C.—Primero por necesidad de explorar, conocer otras realidades, siempre con el denominador común del remo. El primer viaje, que fue Groenlandia, surgió porque tenía amigos guías de kayak que trabajaban ahí y me lo recomendaron. En Groenlandia nació este deporte, de la mano de la cultura inuit (conocidos popularmente como esquimales). Y ahora puntualmente viajo a Alaska, Océano Pacífico, casi a la misma latitud del sur de Groenlandia.

“Lo interesante de este tipo de experiencias es que uno viaja solo. Veo gente al principio y después cuando llego al kayak me voy solo de verdad, sin guía, sin grupo. Con un rastreador satelital, nada más”.

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—¿A qué se debe la elección de hacerlo en solitario?

—Primero porque por el tipo de destino surgió así y después de la primera experiencia del 2016 decidí que tenía que repetirla. Y después porque puedo hacerlo solo, estoy preparado. El contacto que uno tiene al salir por su cuenta es muy fuerte. En Groenlandia estuve ocho días viendo focas, ballenas y hielo sin contacto con personas. Al tercer día tenía tanta necesidad de hablar que empecé a filmarme, contando lo que me estaba pasando. En ese viaje, de navegación fueron doce días, 300 km. Esta vez en Alaska llego primero a una empresa de kayak donde trabaja un amigo y el plan es acompañarlo en un par de excursiones. Es interesante desde el punto de vista profesional ver otras realidades, otras formas de guiar. Después sigo mi viaje solo por alrededor de quince días.

—¿Cuál es el desafío en una experiencia que para muchos es extrema?

—No me gusta decir que este viaje es extremo. Porque algunos pueden verlo como hacer locuras, o que corre peligro tu vida y en este caso yo tomé todas las precauciones. Yo te digo Alaska, Groenlandia, es verdad que no lo hace cualquiera, pero tampoco me gusta decir que es supervivencia. Es una linda aventura, con un componente interesante que es hacerlo solo. Es una manera de viajar que te abre a conectarte con todo, con la cultura, con otras personas, tenés tanta necesidad de comunicarte que lográs un grado de conexión máximo.

Así presentaba Martín su primer viaje a Groenlandia

—Contanos cómo evolucionó tu formación en este deporte

—En lo deportivo remo desde los seis años. Soy de Puerto Deseado, Santa Cruz. Me crié en un pueblito muy chiquito donde básicamente lo que hacíamos era salir al mar. Me formé dentro de lo que es la fundación “Conociendo nuestra casa”. Fui alumno y me convertí en instructor. Tiene como objetivo inspirar valores en los chicos. Dan clases de kayak, historia, toponimia, fauna, totalmente gratuito, para jóvenes que no tienen acceso a remar. Fui instructor hasta los 17 años y ahí me vine a Esquel a estudiar ingeniería forestal. Cuando llegué, me volví loco con la zona. Hacía de todo: buceaba, esquiaba, andaba en moto, rafting…

—¿Cómo te preparás para el viaje y qué necesitás llevar?

—Esta segunda vez voy mucho más armado, llevo un dron incluso. Hay un plan pero después es improvisación total, por ejemplo en la cantidad de kilómetros que hacés. Dependés mucho del clima. Cuando fui a Groenlandia me contacté con la embajada argentina. Yo llevo un aparatito que tiene un gatillo SOS que en caso de emergencia manda una ubicación adonde yo estoy. Hay que entender que allá están mejor preparados para rescates que nosotros en Argentina y Chile, por lo pronto tienen helicópteros y mucho más recursos.

“Uno hace un manejo del riesgo. Hace una investigación previa. Hay cosas que son básicas de cualquier aventura en lugares agrestes, y de navegación también. Prevés un montón de eventualidades con equipo, comunicaciones, comida, vas con un traje seco para no mojarte, etc.

“Aún así pasan cosas, por ejemplo en Groenlandia la primera vez tuve un momento medio duro porque estaba todo mojado y tuve que caer en una islita a pedir que alguien me reciba. Me quedé con un inuit (esquimal) dos días en su casa, hablando con él en señas porque no hablaba inglés ni yo su idioma”.

—¿Qué hacés cuando no estás remando?

—Trabajás mucho en el campamento, la búsqueda de un lugar, de agua, sacar, poner las cosas, y si hay mal clima directamente te empieza a poner a prueba. Pero si tengo un rato me gusta hacer fotos y consigo siempre un librito o algo del lugar donde estoy.

—¿Cuáles son los mayores riesgos viajando por esos lugares?

—Salir a mar abierto es el desafío porque está todo el golfo de Alaska que ahí te pega el viento. Pero no salís a hacer locuras con olas. Patagonia es igual mucho más desafiante que estos lugares, sacando el tema de la fauna. Por el viento, la inestabilidad del clima.

“En mi caso cada dos años certifico primeros auxilios en zonas agrestes y según el lugar adonde vayas ves cuáles son los vientos, las mareas y como pasó en Groenlandia los icebergs. También los osos polares, que con esto del calentamiento global vienen flotando muertos de hambre. Ahora en Alaska hay muchos osos, no de los polares pero sí otros que son bravos también.

“En el caso de Groenlandia fue gracioso porque me mandan el protocolo de osos y desde determinada latitud hacia arriba tenés que ir con armas. Como en el sur no hay tanto oso no me obligaban pero me daban recomendaciones. “Qué hacer con la comida, no dormir cerca de un arroyo y que alguien se quede siempre haciendo guardia a la noche!”. Eso estaba complicado para mí, porque estaba solo. Pero te arreglás, llevás un spray para oso, cajas especiales para que no huelan la comida”.

—¿Qué es lo que más valorás de este tipo de viajes? ¿Es lo profesional, el desafío físico o la soledad?

—Es un poco de todo. Tiene que ser una experiencia que nutra, que conecte, obviamente que uno intenta que sea un desafío, pero de ninguna manera intentás marcar un récord, más a esta altura de mi vida. Busco experiencias que sumen. La parte cultural, la gente que conocés es increíble. Remar en lugares distintos donde uno está acostumbrado o con otros desafíos desde el punto de vista de la navegación te suman. Y después compartir profesionalmente. Básicamente te abre la cabeza. Cada viaje te hace mejor kayakista, mejor guía, mejor persona. Se abre la cabeza y se caen los prejuicios.

Fuente: EQSNotas.

 

 

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